Cuestión idiomática (a la luz de una vela)

AVENTURAS DE UN LECTOR PROFESIONAL (V)

Un lector profesional tiene que estar preparado para todo. En uno de nuestros primeros textos (voilà) intentamos expresar esta idea, medio en serio medio en broma, de que el lector es el último mono, el chico para todo, ese tipo del que siempre podrás aprovecharte porque es muy bueno, o muy tonto, o muy pobre. Y tal pensamiento se justifica a nuestros ojos por algo que no explicaremos pero que sin duda ocurrió. Como tampoco queremos dejaros sin relato, y para salvaguardar la intimidad de los implicados, plantearemos una escena que no tuvo lugar más que en nuestra imaginación y que siendo totalmente impura y falsa quizás atrape, en su exageración, algún destello de realidad.

Digamos, así para empezar, que uno de nosotros habla – o, mejor dicho, lee en- cinco idiomas, y que se gana un sueldo en el sector editorial aprovechando los conocimientos obtenidos en la carrera universitaria. Sus ganancias mensuales no le dan más que para pagar medio alquiler, así que tiene que trabajar de otras muchas cosas que no le interesan, como cualquier hijo de vecino, para compensar. Ahora bien, ¿le gusta trabajar en el mundillo de la edición? Si se lo preguntas te dice que “En estas condiciones no, por supuesto que no”. Porque él se había visto ya desde pequeño en una habitación tenebrosa leyendo Stephen King a la luz de enormes candelabros, y confiesa que en aquel entonces editar era para él algo así como discutir las virtudes de Carrie Misery y decidir si alguna de ellas era mejor o peor que El Resplandor.

Años después se topó con que editar era otra cosa y que el peor miedo consistía en no tener con qué pagar una bombilla cuando, por desgracia, no se queda a oscuras.

La anécdota es muchísimo más graciosa si la cuenta el chico y su moraleja resulta más evidente, quizás porque sólo él sabe lo que tuvo que perder para ganar en madurez y capacidad. Ahora bien, más allá de esos gustos literarios (prohibidos en la escuela católica en la que fue educado), y más allá de que en la actualidad lea en cinco idiomas (a la luz de una vela, para más inri torcida porque el vaso que la sostiene es demasiado grande – ¡y de plástico!-), el chaval se pregunta cuántos años, y cuánto dinero adicional debería gastar en cursos de idiomas – sumándole ya todo lo que dedicaron sus padres- para estar mínimamente preparado para el mundo laboral, es decir, para tener un buen trabajo (digno).

Porque está claro que cuatro años, seis años, ocho años, y otras tantas lenguas, no eran (ni son) suficientes.

Y ocurrió que este chico no leía en ruso. No, no leía en ruso. Y el editor, sorprendido, le dijo que entonces el dinerito del informe sería para otra persona. Ante lo cual el chico se encogió de hombros. “Llega un punto en el que ya no te importa”, nos confesó, acariciando con los dedos la llamita de la vela. El editor, queriendo hacer un favor al chico, le preguntó si conocía a alguien (¡de confianza!) que leyera ruso (¡bien! ¡Mucho!) para que le escribiera un informe (¡Argumentado! ¡Breve! ¡Preciso!) y así el dinero se lo quedaba alguien de su entorno.

Obviando el insulto y la burla, el chico contestó que no sabía de nadie y dio por zanjada la cuestión con un “No puedo ayudarte. Cuenta conmigo para lo que necesites. Muchas gracias y buenas tardes”. Pero el editor no se dio por vencido: el editor siempre quiere más. Y le pidió que le “buscara a alguien” si no era “mucha molestia”. Nuestro amigo, con gran bondad, o mayor estupidez, le buscó ese alguien. “¿Por qué lo hiciste?”, le preguntamos, y nos dijo que porque quería conservar la amistad con ese editor (aka su fuente de ingresos) por pequeña que fuera. Gracias a Dios había bolsa de trabajo en su facultad y le fue fácil encontrar a una candidata. Eso sí, después de entrevistarla le pareció de lo más curioso estar ofreciendo un trabajo de mierda a una desconocida sólo para mantener su propio trabajo de mierda. Aun así ella se le agradeció enormemente con un “Te debo mucho”. Eran dos extraños unidos de repente por su solidaridad en la desgracia.

O, como dijo el chico, un poco bruto por su parte: “Tenía unos buenos melones”. Le vimos sonreír a la luz de la vela y nos pareció escalofriante.

Al final la chica cumplió con el informe, y todos contentos, y semanas después el chico recibió el encargo de escribir un discurso sobre ese mismo libro – que no había leído – para un autor súper consagrado – que tampoco se lo había leído-. Por lo visto el editor había olvidado quién había redactado el informe original. El chaval tuvo que rechazar la oferta. El editor le insistió en que quería ayudarle y que para ello tenía que escribir el discurso. El chico se vio en la obligación de rechazarlo hasta tres veces. Y además le fue imposible contactar con la lectora de ruso. “¡Te pagaré!” insistió el editor, con una tenacidad y algo parecido a una preocupación interesada que es muy poco frecuente en la industria. “Pero no es que me pagues o no. Es que no puedo hacerlo.” Y añadió: “No hablo ruso.” “¿Y no podrías estudiar un poco más? Aún eres joven. Los idiomas… son importantes… nunca sabes para qué te servirán…”

El chico le contestó tan mal que perdió su empleo y se reveló de pronto como un desagradecido.

Semanas después, el chico ejerce con gran dignidad de repartidor de periódicos en horas punta y se le ve feliz, aunque a veces tiene restos de sangre en la nariz y nos dice que es porque “me ducho a oscuras”. Según él ha perdido todo interés en el sector editorial. “Me estaba jodiendo la vista. La alternativa era robar gafas en una óptica, porque si no tengo para luz menos aún para gafas.  Pero decidí dejarlo. Cobraba tan poco que trabajar ahí me salía muy caro.”

Y nosotros, con gran humildad, tenemos que darle la razón en esa y en otras muchas cosas. Que Dios le bendiga. A la luz de su vela.

2 responses to Cuestión idiomática (a la luz de una vela)

  1. david

    Muy bueno. Lo mejor, que muchos nos podemos sentir identificados -cada uno en su campo- y entender al pobre muchacho, el de la vela.

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